23 may 2011

Cubo_RP_LOLA_CARUNCHO



Nunca nos planteamos las cosas comunes porque siempre las tenemos ahí, han crecido con nosotros. Pero, ¿por qué un cubo de playa no es un cubo en sí, un cuadrilátero con sus cinco caras y la sexta destapada?

Reflexionando sobre la perfección del cubo, su inmaculada imagen queda manchada por la curva sinuosidad del juguete de playa. ¿Acaso no tiene juego el cubo en sí mismo, con sus aristas y su ortogonalidad? ¿Es que se queda corto y aburrido, y hay que pasar a curvearlo? La sencillez del cubo supone a la vez infinitas posibilidades.

Con denotaciones arquitectónicas, el cubo es un elemento flexible que cambia al antojo del diseñador. Luz, color, multiplicidad, materialidad, superposición, combinación... Mil actuaciones se pueden ejecutar sobre su figura, que su esencia se conserva intacta.

Es por ello por lo que se considere el padre de la geometría, el culmen de la perfección, el último estado de la sencillez. En sí, encierra un espacio que al mismo tiempo libera, aísla un aire que a la vez protege. Es un antes y un después, un positivo frente a un negativo, un dentro contra un fuera.

Puede que el interés que ha tenido esta forma geométrica durante siglos y épocas se deba a su enigmático y desconocido ser, pues causa de ello, es capaz de salir una obra de arte de lo más descomunal y sorprendente. Es quizá que por ello se haya conservado contra viento y marea. Porque lo valioso, lo puro y lo verdadero, perdura y se mantiene impasible al paso del tiempo. De la misma manera que algo novedoso pero inservible se derrumba en su propia esencia.

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